miércoles 23 de febrero de 2011

Ars Político

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Si algo le importara al hombre moderno vivir bien, mediríamos con más atención el Producto Interno Bruto del saber, de la sensibilidad,
el entusiasmo, de la imprescindible belleza,
del vigor creativo, de la contemplación,
del alma, de la ternura, el ingenio y el placer.
Si la producción estuviese supeditada a las leyes del arte y el mercado a la naturaleza.
Si del crecimiento y la acumulación de experiencias dependiese todo el capital para la realización del mundo, y no hubiera en él otro objeto del poder que serse. Si de la especulación filosófica y la explotación de los imaginarios dependiera el confort. Y la existencia fuese un imperio sobre la muerte y no la triste Colonia de las cosas que ahora es. Si hubiese un Ministerio de la Poesía que aboliera la pragmática
de los fines y los medios y restituyera como un todo la esperanza. Si del amor se ocupase la tecnoburocracia que hoy mueve a la industria militar. Si no tuviera sentido que la vida no tenga sentido y se decretara la emergencia lúdica de una buena vez. Si en lugar de Bolsa
de Valores tuviéramos más valores y menos bolsas; ¿cómo sería? Los países más grandes se caracterizarían por la apertura de fábricas de
arte, franquicias literarias, corporaciones humanistas. El desarrollo se mediría en términos éticos. En las escuelas se enseñaría a sentir
y no a obedecer. En la televisión se incitaría a crear y no a imitar. Los cerros de las ciudades estarían hacinados de flores. Y la palabra trabajo sería un eufemismo de la palabra pensar.
En las licorerías sólo se venderían libros y a menores de edad, ellos andarían por ahí en la ciudad sin muros, ebrios de Whitman,
de Rimbaud, de Vallejo y Juan Calzadilla,
junto a sus abuelos.

2
En todo caso, la transnacional más poderosa sería la música: del Tamunangue a Bach,
del rock al seis por derecho, de la tonada
a la ópera, se globalizaría así la costumbre de estar alegre. Y las guerrillas (siempre las habrá) serían justificadamente estéticas. Lo que hoy conocemos como maquilas no serían sino talleres de escultura y diseño al aire libre,
sus obreros, alienados por la mística imponente del paisaje no fabricarían cosas para vivir sino causas para no morir tempranamente.
Los niños de Centroamérica trabajarían como ahora, pero con recompensa, en la producción de metáforas en serie. Entonces tu Cajita Feliz en lugar de veneno, traería poemas de cadáveres exquisitos. En el mundo gobernado por la transparencia del arte y no por la prepotencia
de los objetos, los imbéciles, los violentos,
los codiciosos serían especies en extinción.
Para compensar el exceso de pájaros,
las chimeneas de las zonas industriales echarían oxígeno al cielo. Finalmente, en lugar de lucir
el cadáver desnudo de Cristo colgaría un Picasso, un Reverón a lo sumo un Guayasamín en las iglesias. Los templos serían talleres literarios y en lugar de Aquino citarán los Curas a Lautremon “la biblia se escribe entre todos”. Entonces, crear y creer no serían momentos distintos de la fe, sino el Ars político para reinventar al hombre. Y así sea.