lunes 27 de noviembre de 2006

Nunca es tarde para el hombre*






Sé de una intelectualidad cuyo oficio siempre ha sido convidarnos al fracaso. Contagiarnos de una cierta tristeza, un despecho, un escepticismo que no deja esperanza en pie, que todo dificulta y degenera imposible. Ellos, comprometidos con un destino, un orden; hacen de historiadores y profesores, de bibliotecarios y de expertos en el hombre. Son catedráticos, domadores de todos los temas. La academia extranjera les dio licencia para pensar por todos, opinar por todos, para generalizarnos. Y si es como Orwell advertía en su terrible 1984: “quien controla el presente controla el pasado… quien controla el pasado controla el futuro” podemos ir entendiendo que ante tal ambición no existe casualidad. Uno los vio siempre: erguidos, incontestables, plenos de autoridad para enterrar los sueños ajenos. Decretar anacronías y sacrilegios. Uno los odió siempre en el salón de clase o en el cafetín fumando habano, y burlándose de la ingenuidad que no padecen. Porque en cambio su enfermad es el no sentir. Por cada magíster de estos miles eran condenados al trabajo tortuoso.

Los vimos siempre guardando secretos, teorizando bajito. ¿Era envidia, como opinaban algunos, porque cada año Planeta les publicaba algún nuevo libro de 500 páginas otro ensayo contra la esperanza de los que no saben leer, los que no escribimos todavía? Porque tuvieron el rol estelar en la historia de las “conquistas verdaderas” –él o un conocido suyo eran fundadores del partido, durmieron en casa de Fidel, pasaron semanas en la sierra de Falcón junto a Magoya y los ñángaras verdaderos – se daban el lujo de decir “ya es tarde para el hombre” “fin del cuento”.

Los profesores de literatura, de historia, los sociólogos, otrora centinelas del almafuerte, del hombre nuevo. Helos ahí: invitándonos a no ser, no estar. Sé de esta intelectualidad y sé de nosotros porque su fracaso nos antecede y nos quiere postergados. Sé de ellos y su despoblado, de ellos y su perorata nostálgica. Y del otro ignorado: allí, testigo de su cambio de orilla: de la solidaridad a la soledad, del primero de mayo al primero yo, de la clandestinidad a la claudicación. De humanistas a uribistas.
A ellos también dejaron solos. A ellos también les abandonó este pueblo que hasta hoy tuvo el derecho de leerles, estudiarles y la oportunidad de entender que era el pueblo todo lo que despreciaban y que en nombre del pueblo firmaron la renuncia a ser libres y republicanos. Sé de estos grises intelectuales cuyo oficio siempre fue convidarnos al fracaso y sé también de aquellos otros nuevos ciudadanos del idioma porque al escribir Josefina, Cornelio, triunfa el pueblo sobre el imperio de las cosas silenciadas. Robinsonianos: ahora que saben lo que saben no olviden su saber legítimo: nunca es tarde para el hombre, en ustedes se ha fundado el minuto extra para escribir la nueva historia, he ahí un compromiso… ¡nuestro derecho inmortal!

*A modo de homenaje a todos los robinsonianos y robinsonianas